The Fifth Child (Doris Lessing)
- Rubén Hernández
- 7 mar
- 3 min de lectura
Actualizado: 8 mar

Lessing, D. (1989). The fifth child. Vintage.
Hay ocasiones en la vida que nos encaminan a un viaje al interior de los sentimientos por la familia: la muerte de una figura de autoridad, juicios, demandas, deudas económicas, la cárcel. El nacimiento de un hijo es, sin duda, una de las experiencias más intensas en términos físicos, emocionales y sociales. Nos conecta con una parte primitiva, reptiliana, de nuestro cerebro, una dimensión que, culturalmente, no tenemos intención de domesticar. Al fin y al cabo, ¿en qué sociedad está mal visto anteponer los intereses de la familia a los de cualquier otra institución? ¿En qué círculo no se acepta ese principio vital según el cual la vida cobra sentido cuando nos reproducimos, cuando dejamos un legado?
Para quienes ven en la familia nuclear un refugio del mundo exterior, supuestamente a prueba de cualquier tornado, y en las figuras paternas a los guardianes de un amor incondicional y atemporal, la caída puede ser devastadora cuando sus emociones no están a la altura del vendaval. The Fifth Child de Doris Lessing es un viaje crudo por las mentes de una familia que descubre, con dolor, que la seguridad que creían merecer por derecho propio puede desmoronarse.
La historia comienza con dos Baby Boomers de manual, Harriet y David, quienes llevan una vida de clase media ideal en el Londres de la década de 1960: solo él trabaja, y su puesto de oficinista alcanza para vivir en una casa enorme y mantener a cuatro hijos: Luke, Helen, Jane y Paul. Los valores conservadores que guían la vida de una pareja como la suya son un lujo sostenido por la red de seguridad reservada a las parejas blancas, intrarraciales y heterosexuales de los países industrializados. En la cúspide de esa felicidad, Harriet queda embarazada a pesar de haberse esforzado por no tener más hijos. El niño nace pesando cinco kilos y presenta un aspecto chocante: frente inclinada, manos gordas, ojos amarillentos; muerde con fuerza al amamantarlo. Su propia madre lo llama "trol". El médico familiar comenta que no hay nada médicamente malo con el niño, aunque sin estar del todo convencido. Las decepciones de la familia se irán acumulando así durante once años, creciendo, llenando de resentimiento a todos, separándolos simbólica y físicamente.
Una novela que obliga a la clase media a contemplar su mundo cotidiano a través de un espejo cuyo reflejo revela la verdadera disposición de los individuos a abandonar sus valores cuando ya no pueden sostener la imagen que desearían proyectar ante los demás. El sobadísimo mito de la caverna de Platón sigue siendo el mejor ejemplo para ilustrar esas situaciones idealizadas que se desmoronan en cuanto salen a la luz las razones ocultas que las sostenían. En el caso de Harriet y David, una vida acomodada y familiar sustentada en el novel de bienestar justo para percibir los retos como motivación y no como carga. Cuando esa carga es un hijo, el peso se multiplica, dejándolos expuestos a los pesares que la gente más pobre enfrenta para criar a sus hijos: una vida sin opciones, sin ayudas, sin salidas. Un libro que nos invita a romper el mito de la caverna que hemos construido sobre la familia ya reimaginar la comodidad con la que contamos, sea cual sea su medida, como algo totalmente arbitrario y frágil.



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