Lodo (H. G. Santarriaga)
- Rubén Hernández
- 19 abr
- 5 min de lectura
El horror folclórico de la historia refleja, inevitablemente, la herencia colonial, caciquista y revolucionaria que permanece indeleble en México.

H. G. Santarriaga nos trae una historia de folk horror enriquecida con pinceladas de terror cósmico. En el centro de su micromundo se alza el pueblo ficticio de Santa Lucía Ameyalco, un lugar que establece una atmósfera profundamente mexiquense, dolorosamente reconocible para cualquier habitante del país. Sin embargo, al igual que Macondo, Derry o Comala, Santa Lucía Ameyalco trasciende su función de mero escenario para convertirse en un reflejo vivo del estado psicológico y emocional de sus habitantes.
El propio autor confirma en las notas de la primera edición de Lodo, Santa Lucía Ameyalco no es solo el lugar donde transcurre la trama, es un personaje más, el testigo silencioso y recurrente en su corpus de trabajo. También cita a Fargo como principal influencia para su creación. En el pueblo construido por los hermanos Coen, retomado posteriormente en la serie del showrunner Noah Hawley, habitan individuos mediocres, menospreciados y, sobre todo, incompetentes. El aislamiento del pueblo de Fargo y su clima silencioso funcionan como símbolo de la soledad y de un estado emocional de represión permanente de sus personajes.
No obstante, el horror folclórico de la historia de Santarriaga refleja inevitablemente la herencia colonial, caciquista y revolucionaria que permanece indeleble en México. Situada entre 1932 y 1984, la historia nos presenta el priismo mexiquense en el pico de su poder e impunidad, el cual refleja la organización social generalizada en el país. Como bien retrata Lodo, esa herencia caciquista evolucionó en México hacia una forma de capitalismo inconcluso que perpetúa la pobreza a través de una estructura que desplaza a la población del campo hacia las ciudades o hacia la migración ilegal, otorgándole apenas los medios necesarios para desplazarse al trabajo, pero nunca los suficientes para integrarse plenamente. Es un sistema que simula la movilidad social mientras privilegia la posición según linajes y racialidad, además de promover valores y un estilo de vida basados en el consumo, aunque con un costo del crédito sistemáticamente más alto para los pobres.
Tal vez un elemento característico del capitalismo mexiquense que habría sido valioso reflejar con mayor fuerza es el poder industrial del Estado de México, ya que ha contribuido decisivamente a convertir la región en un paraje de contrastes e injusticias y me atrevería a señalar como la fuente estructural del aislamiento retratado en la obra. Fue el caciquismo el que, tras la revolución, se transformó en contratos y esos contratos en fábricas.
El Estado de México es la segunda potencia manufacturera del país, con decenas de parques industriales y un hub logístico que conecta las producciones de Puebla, Guanajuato y Nuevo León. La protección de esos intereses es la que ha desembocado en escenas tan terroríficas como la que vive en su infancia Nacho, el protagonista, cuando una estampida de ganado desbocado lo obliga a presenciar una muerte brutal.
La escena rural evoca El Matadero de Estaban Echeverría. En ambos casos, los cuerpos violentados representan la vulnerabilidad ante la fuerza bruta y la inutilidad de las instituciones. En Lodo, esa brutalidad ocurre frente a una iglesia sin que la institución se manifieste en ningún momento. En la vida real, el Estado de México ha sido escenario de violencias aún peores, con complicidad institucional evidente, como la represión de San Salvador Atenco, un acto de venganza ejecutada por el Estado en representación de las élites mexiquenses, luego de que los pobladores lograran frenar la construcción de un aeropuerto en sus tierras ejidales.
En Fargo, los protagonistas evitan demostrar competencia y exhiben valores morales que rozan lo ridículo por las cuotas de cortesía que ofrecen en cualquier circunstancia. En Santa Lucía Ameyalco, Nacho encarna un arquetipo frecuente en la clase trabajadora mexicana: el hijo varón de padre ausente que encuentra en el trabajo una vía de escape para evitar enfrentar y superar los problemas emocionales que lo persiguen incluso décadas después.
En el caso de Nacho, se trata de un hombre torturado por un evento sobrenatural que marcó su juventud. Ya entrado en años, reflexiona sobre haber visto cómo personas privilegiadas obtienen oportunidades sin de la nada, por lo cual decide descender a la cueva de sus traumas, tanto literal como simbólicamente, para arrebatar de ella lo que cree que le fue negado. Convencido, se repite "Solo bajaría por lo que es mío. Iba a bajar solo por lo que me pertenece".
Será interesante observar cómo se presentan los protagonistas de Santarriaga en obras posteriores y si este arquetipo sigue caracterizando las historias en Santa Lucía Ameyalco con hombres que centraron su potencial en un oficio menos alienante que el trabajo en una fábrica o en una oficina, y que usan su aparente mediocridad como armadura para protegerse del dolor emocional de su pasado. En ese sentido, valdría también preguntarse cómo podrían afectar el micromundo de Santarriaga las nuevas formas de explotación y aislamiento, como el tecnofeudalismo o la tecnofilia.
En el pueblo de Fargo, los antagonistas representan el caos que irrumpe y viola las reglas sociales de comunidades aparentemente tranquilas. Es aquí donde el micromundo de Santarriaga se desprende por completo de la Minnesota de los Coen y se convierte en horror folclórico con tintes de horror cósmico. Del primer género conserva la profanación de un territorio sagrado que reactiva una inteligencia arcaica y desencadena una violencia sacrificial, en este caso, orientada a castigar la codicia humana. Del segundo toma el origen cósmico de las fuerzas antagonistas. Sin embargo, estas no exhiben la indiferencia alienígena absoluta característica del género, sino una variante más selectiva en la que, al ser entidades ajenas a este mundo, castigan por igual a oprimidos y opresores, sin dejar de repartir castigo por las convenciones sociales que los separan.
En este sentido, la historia funciona como un relato de advertencia explícita contra la codicia, independientemente de cuán justificable esta pueda parecer. También por ello el relato termina sintiéndose como un cuento con moraleja que glorifica el estado perpetuo de pobreza, aleccionando contra desear lo que posee el otro y promueve, tal vez de forma involuntaria, valores que resuenan con el catolicismo latinoamericano más conservador: el varón que sufre en silencio, enfocado en el trabajo que dignifica.
Frente a esa resolución, la reinterpretación de la criatura griega que propone el texto abre una posibilidad desaprovechada. Santarriaga me dedicó mi ejemplar con la frase «Resistir es Existir», en perfecta sintonía con el cierre de la obra. Nacho, sin embargo, apenas existe, y uno se queda con el deseo de un desenlace más pagano y subversivo.



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