Cosmopolis (Don DeLillo)
- Rubén Hernández
- 24 mar
- 3 min de lectura

DeLillo, D. (2004). Cosmopolis: A Novel. Simon and Schuster.
En astrofísica, se denomina singularidad al punto donde la masa está tan condensada que las leyes de la física convencional dejan de operar. De forma análoga, ciertas novelas intentan condensar la complejidad de un tema concentrándose en signos mediante los cuales se revelan las arbitrariedades de un sistema. Cosmopolis es ese tipo de novela: mediante tres elementos sígnicos, a saber, la ciudad, el billonario y el mercado financiero, se propone retirar las hojas para mostrarnos cómo opera una parte del bosque del capitalismo moderno. A mi juicio, lo hace con resultados muy por debajo de sus aspiraciones.
En el uso de Nueva York (Manhattan en específico) como metáfora de la megalópolis contemporánea, DeLillo nos da más de lo de siempre, recurriendo a un imaginario ya agotado: la ciudad hiperglobalizada por antonomasia donde convergen finanzas, tecnología y caos social. Pareciera que los escritores neoyorquinos están atrapados en su propio reflejo, incapaces de reconocer otros símbolos que podrían situar mejor el capitalismo moderno. Incluso para 2003, año de publicación de la novela, esa ciudad ya resultaba insuficiente. Los atentados del 11 de septiembre de 2001 habían demostrado la fragilidad simbólica y material de Nueva York como supuesto centro del sistema financiero. La capacidad de los mercados para operar independientemente de la parálisis de esa ciudad evidenció que las finanzas globales no dependen de un único espacio físico. Para 2003 ya era evidente que no se podían representar las finanzas como un sistema que funciona con un eje único. Ni dos años habían transcurrido desde los ataques y ya había repuntes en las bolsas ante la inminente invasión de Irak en aquel año. El verdadero símbolo de las finanzas contemporáneas no es una ciudad, sino su vehículo de desagregación: la red informática que permite la circulación instantánea de capital, la creación geométrica de dinero o la formación de burbujas de especulación gargantuescas. No hay, ni volverá a haber, un centro de decisión financiero mundial, ni un solo actor soberano. Hay sistemas distribuidos y altamente interdependientes.
Tristemente, la metáfora del billonario no es mejor. Durante gran parte de la novela, DeLillo encierra al protagonista, Erick Packer, en una limusina que funciona como una pecera de vidrio desde la que puede observar el exterior sin ser tocado por él. Packer es la caricatura que el imaginario popular más simplón ha formado de los ultrarricos: un ser sin complejidad ni personalidad propia, obsesionado con su fortuna, rodeado de empleados serviles, en un matrimonio sin amor, físicamente aislado del día a día del hombre común, sin rumbo aparente, capaz de cometer actos criminales con impunidad y de reaccionar con indiferencia cuando encara a las personas afectadas por sus decisiones. DeLillo pasa de explorar los problemas morales del protagonista y elige la caricaturización creando un villano de manual a la Disney. Cosmopolis desperdicia la oportunidad de explorar el arquetipo de aquellos que, sin duda, influyen de manera desproporcionada en la economía global con un resultado cómico, pero no en el sentido productivo del término.
Por ello, en términos simbólicos y metafóricos, Cosmopolis me parece una novela débil, narcisista y conformista. Desde el tercer mundo, sin embargo, puede leerse como una comedia involuntaria de la imagen que Estados Unidos proyecta de sí mismo, de sus billonarios y de sus ciudades.



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