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Aquella Voz (Denis Languérand & Jesús García)

  • Foto del escritor: Rubén Hernández
    Rubén Hernández
  • 27 abr
  • 4 min de lectura

Actualizado: 29 abr

La obra sacrifica su potencial terrorífico para concentrarse en predicar un mensaje de concientización, aunque transmite eficazmente un sentimiento de soledad y aislamiento.

Portada del cómic de terror psicológico Aquella Voz de Denis Languérand y Jesús García. Primer plano de una mujer con sonrisa inquietante, un ojo enrojecido y expresión perturbadora. Fondo rojo intenso con salpicaduras oscuras y tipografía gótica blanca. La imagen transmite locura, posesión demoníaca, ansiedad y horror sobrenatural.
Portada del cómic de terror psicológico Aquella Voz de Denis Languérand y Jesús García.

Aquella Voz es un cómic de horror psicológico y sobrenatural de Denis Languérand y Jesús García con un doble propósito, por un lado, contar un relato de terror, por otro, dejar un mensaje de conscientización sobre la salud mental y el suicidio. Lo mejor de la obra está en su dimensión visual. En ese terreno, todo se subordina, eficazmente, a transmitir la soledad y el aislamiento que vive Rosita, la protagonista.


En el sistema que construye Jesús García los colores rojo y negro ilustran la violencia, la intrusión demoniaca y las pulsiones destructivas. Las paletas frías son guardadas para el vacío afectivo, el aislamiento, la depresión y la soledad. La geometría de las viñetas sufre una ruptura simétrica en los momentos de intensidad dramática, comunicando la fractura subjetiva del personaje en momentos clave. Los rostros de Rosita son el trabajo más logrado, funcionan como un dispositivo narrativo que transmite estados psicológicos sin necesidad de exposición. La tipografía se siente diferenciada entre personajes, aunque no alcanzan a encarnar personalidades particularmente memorables o una voz amenazadora.


El problema aparece cuando esa sofisticación visual intenta construir a Azimadel, la entidad demoniaca que habita la conciencia de Rosita. Aquí la obra sacrifica su potencial terrorífico para concentrarse en predicar un mensaje de concientización. Azamadiel es un parásito afectivo que funciona como signo de inseguridad internalizada, pero sobre todo, de violencia afectiva y autodesprecio. Sin embargo, por momentos, su discurso degradante se vuelve repetitivo. Los diálogos no siempre terminan de construir atmósfera y la voz de Azimadel parece esforzarse demasiado por hacer sentir mal a Rosita. Los momentos vinculados con la dependencia emocional de Rosita con Lucas, su pareja sentimental, y con la doctora tratante, que nunca recibe nombre, son la excepción


Si Azimadel fuera menos literal, manteniendo su existencia ambigua hasta el enfrentamiento climático, podría provocar más miedo. Ese esquema ha demostrado ser muy eficaz en múltiples narrativas con entidades demoníacas. Pensemos en una criatura como la de The Babadook, quien encarnó mejor la representación de miedos igual de controversiales que el suicidio, como la idea de que, en la maternidad, no siempre tiene que gustarte tu hijo, aunque lo ames. El Babadook funciona como demonio porque su voz es simbólica, una influencia que sube de tono hasta obligar a los protagonistas a enfrentarlo. En cambio, Azimadel se presenta como una serie de ataques verbales directos acompañados de comentarios de exposición narrativa.


De haber permanecido en las sombras el tiempo suficiente, Azimadel y el miedo tendrían espacio para crecer. Es un esquema que el cine de terror demoniaco conoce bien. Pensemos en una criatura como la de The Babadook, que encarna miedos igual de incómodos que los de esta obra, entre ellos ese hecho raramente admitido de que la maternidad y el rechazo hacia el propio hijo pueden coexistir. Lo que hace al Babadook genuinamente perturbador no es lo que dice, sino lo que representa sin decirlo, su voz es simbólica, una presión que crece y sube de tono hasta que los protagonistas no tienen más remedio que enfrentarlo. Azimadel, en cambio, se explica desde el principio. Ataca, insulta, narra su propio efecto.


The Exorcist es otro ejemplo de la influencia demoníaca como signo de debilidades humanas. Ese relato representa la pérdida de inocencia así como la crisis moral y espiritual de la parentalidad moderna. Opera mediante un mecanismo similar: la ouija transmite mensajes, pero como espectadores no los recibimos de la voz de Pazuzu, sino de Regan, la niña protagonista. Paimon opera igual en Hereditary, donde vemos la voz simbólica del demonio crecer a través de representaciones icónicas (las maquetas de Annie o los dibujos de Charlie), indicales (los chasquidos de lengua o las luces brillantes que anuncian su presencia) y simbólicas (el blasón de Paimon o el motivo recurrente de la decapitación). En ese sentido, que veamos de forma tan directa a Azimadel y escuchemos su propia voz desde tan temprano reduce el efecto emocional.


Las tres obras comparten además una estrategia narrativa de la que Aquella Voz podría haberse beneficiado bastante. En el relato de terror demoniaco que funciona mejor, la tensión se construye desde la perspectiva de alguien que intenta salvar a la víctima: Amelia en The Babadook, Karras y Chris en The Exorcist, Annie y Steve en Hereditary. Esa perspectiva externa crea distancia emocional suficiente para que el horror crezca de manera orgánica y permite una escalada que va de la vulnerabilidad inicial a la opresión creciente hasta el enfrentamiento directo, donde la criatura ya no puede esconderse. En Hereditary, incluso la perspectiva cambia en el clímax: la influencia de Paimon la vivimos finalmente desde Peter, su víctima última. Es un movimiento que amplifica el horror porque llega después de habernos preparado para recibirlo. Aquella voz tiene esa estructura en potencia, pero la neutraliza con su propia urgencia por enunciar una advertencia.


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