Las mentiras con las que dormimos
- Rubén Hernández
- 7 feb
- 2 min de lectura
La fatiga de informarse.

Estalló la guerra hace unos días allá lejos, donde nunca he ido. En un país llamado Georgia, en su frontera con Rusia, en el área de Osetia. Cuando me enteré de la noticia estaba en el trabajo y el mundo solo tenía ojos para la inauguración de los Juegos Olímpicos. Han pasado diez días desde que los mandatarios rusos y georgianos comenzaron a culparse unos a otros para encubrir una verdad que solo muy pocos conocen y que probablemente tenga que ver con dinero.
Yo, como la vasta mayoría de la gente en el mundo, me entero de las noticias de forma permeada. Intento hilar los fragmentos que recolecto de aquí y de allá para darles coherencia, pero el mundo sigue probándose demasiado grande, pese a la promesa de internet. Formar una idea mínimamente completa del contexto exige un esfuerzo adicional, pues las fuentes que consulto suelen estar marcadamente inclinadas a favor de una de las dos partes. Lo que sí ha disminuido es la dificultad para encontrar información sobre el tema. Al principio, la noticia nadaba discretamente por debajo de los encabezados olímpicos. En cambio, en fechas recientes, aparece en primera plana, acompañada de los sonados récords de natación registrados en estos días.
Leía un libro sobre Teoría y Estructura Sociales de Robert Merton (FCE, 2002), en el que se aborda el oficio sociológico y el rigor lógico de sus deducciones, contrastándolo con los historiadores del pensamiento, quienes asumen la naturaleza del cambio de forma distinta: asumen la naturaleza del cambio de forma muy distinta, tomando más fuentes y, por lo tanto, factorizando la información en más partes. Llamó poderosamente mi atención que el texto sugiere que, incluso los intelectuales más eruditos, se engañan para arribar a respuestas convenientes únicamente para ellos.
Hoy me entero del mundo a través de medios de comunicación con presupuestos faraónicos, que nos sirven una cantidad de notas tan saturadas de hipervínculos que no tengo claro si están ahí para despistar o si verdaderamente complementan el tema. Al mismo tiempo, es inevitable terminar consumiendo información de autodenominados comunicadores que, de manera descarada, exhiben una profunda ignorancia sobre casi todo de lo que hablan. Ni siquiera creo que sus análisis fallen por exceso de opinión: fallan porque opinan sin investigar el contexto y por una clara ausencia de pensamiento crítico.
Si los más aptos optan por fallar y los menos preparados manipulan masivamente a quienes se dejan, ¿cuántas mentiras nos estaremos llevando a la cama cada noche?
Si incluso los más aptos para transmitir optan por fallar, y los menos preparados tienen la oportunidad de aparecer en un medio masivo únicamente para entretener y vender publicidad ¿cuántas mentiras nos estaremos llevando a la cama?
Texto publicado originalmente el 16 de Agosto de 2008. Versión editada.



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