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Fan del Costume Drama

  • Foto del escritor: Rubén Hernández
    Rubén Hernández
  • 28 ene
  • 3 min de lectura
Ilustración original. Tributo al poster de la película “The Last Mistress” (Breillat, 2007).
Ilustración original. Tributo al poster de la película “The Last Mistress” (Breillat, 2007).

Me encantan las películas del género western. Desde niño, cuando mi padre me llevaba a proyecciones en la Biblioteca Benjamín Franklin y la Cineteca Nacional, vi películas de samuráis y de John Wayne —¡el Duque original!— que sembraron en mí un gusto y un cariño especiales por este tipo de títulos.

No obstante, seamos honestos: sería ingenuo fingir que acudimos a este género en busca de una lección moral elevada. Lo que realmente queremos ver son las consecuencias de romper ese código, una vez que la obsesión por la venganza se ha impuesto. Es imposible apartar la mirada de aquello que alguien está dispuesto a perder cuando se ha rebajado al nivel de sus antagonistas.

Hay otro género que, me parece, comparte este elemento de la venganza como motor de la acción: lo que llaman costume drama. Serían algo así como películas situadas en contextos aristocráticos de los siglos XVII al XIX, cuyos personajes encarnan monstruos y antihéroes estéticamente distantes de los que se ven en los westerns, pero que, al final, están conectados por un deseo de venganza que muchas veces adquiere tintes redentores. Resulta imposible no admirar a la amante, cuyas circunstancias la han llevado a ser perversa y dura, ni dejar de sentir simpatía por el caballero frívolo: el protagonista con talento para matar o destruir. Estos y otros arquetipos, rodeados de ambientes que remiten a una fantasía cuidadosamente construida, capturan mi atención y motivan mi búsqueda constante de nuevas películas que utilicen este género para contar su historia.

Mi referencia absoluta en este género es, sin duda, Dangerous Liaisons (Stephen Frears, 1988). La vi siendo apenas un niño de once años y el impacto fue total. Despertó en mí el placer por la intriga romántica revestida de morales tan complicadas como pienso que son las de hoy en día. Ese elemento que arrebata la razón a los protagonistas, dejándolos a merced de sus pasiones, me hipnotiza. Todo adquiere una sensación de lógica inevitable, tal como ocurre en la vida. La película se basa en la novela de Pierre Choderlos de Laclos, la cual encontré años después en mis andanzas bibliográficas y que recomiendo ampliamente (se consigue en Tusquets por un precio ridículo para la joya que es).

Pero en estas semanas, hablar de cine en la Ciudad de México es hablar de FICCO, FICCO y más FICCO. Todo este preámbulo es para comentarles que asistí a la proyección de un Costume Drama titulado Une vieille maîtresse (Catherine Breillat, 2007). La vi ayer y salí de la sala con un poco de sueño —creo que la película se viene abajo al final—, pero logré rescatar momentos de genuina emoción y alguna que otra risa. Me siento satisfecho; llegan tan pocas piezas de este estilo a las salas que la sola noticia de su inclusión en el festival bastó para justificar el tráfico después de la oficina. Como todos sabemos, cubrir el FICCO siendo un oficinista de tiempo completo es una tarea imposible, una batalla perdida de antemano. Si alguien más está cubriendo el festival, por favor, comparta sus impresiones. Quizás después podamos rentarlas, o comprar un par y discutir si realmente valieron la pena.


Texto publicado originalmente el 29 de Febrero de 2008. Versión editada.


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