top of page

Deutsche Sprache

  • Foto del escritor: Rubén Hernández
    Rubén Hernández
  • 27 ene
  • 3 min de lectura

Actualizado: 29 ene

Ilustración original representando un mercado navideño en Marienplatz, Munich.
Ilustración original representando un mercado navideño en Marienplatz, Munich.

No sé mucho de fútbol, apenas lo que alcanzo a escuchar en las inevitables notas deportivas en noticiarios. Con ellas me puse al tanto de las burlas y críticas dirigidas a los jugadores nacionales que parten a Europa debido al acento que adoptan viviendo fuera de México. La audiencia encuentra pretencioso pronunciar distinto a como lo hacían apenas unos meses atrás. Personalmente pensaba que era una estrategia de los jugadores para llamar la atención.

Recientemente, en una noche de nostalgia, volví a ver los videos de mi primer viaje a Alemania. Durante una parte de mi estadía tuve la suerte de ser recibido por una familia que intentó comunicarse conmigo en español la mayor parte del tiempo, y pude notar —con sorpresa— que mi propia pronunciación sonaba diferente. Emitía las palabras de una manera que no utilizo regularmente e incluso armaba oraciones con estructuras poco comunes. ¡Mimetizando la fonética de mis huéspedes!

Sin notarlo.

Yo también fui presa de ese fenómeno. Lo comenté con Jorge S., quien me dijo que era normal: tendemos a adquirir inconscientemente las características lingüísticas de la mayoría que nos rodea. Es lógico, pero imperceptible en el momento.

Gracias a la televisión, asumimos que todos los europeos deben poder contestarte si les hablas en inglés. Lo que yo viví fue distinto: una minoría de los europeos son bilingües o políglotas, y su segunda opción no tiene por que ser el inglés. Mi impresión fue que suelen preferir los idiomas de los países vecinos, con quienes mantienen mayor contacto para comerciar, trabajar o vacacionar. Para ellos no es motivo de vergüenza y encuentro admirable esa apertura para asimilar otras formas de vida.

El sentimiento más profundo que despertaron esos videos provino de una fuente inesperada: la fascinante cadencia con la que los alemanes habitan su lengua. Escucharlos transitar por la risa, el enojo, el llanto, el deseo o la celebración despierta una respuesta casi romántica; observar esas emociones grabadas en sus rostros me dejó genuinamente conmovido. En ese sentido, la plataforma del Servicio Alemán de Intercambio Académico (DAAD) realiza una labor admirable: promueve el aprendizaje del alemán mediante datos, estadísticas y eventos culturales que brindan acompañamiento en el reto de asimilar un idioma cuya cultura se origina a más de quince mil kilómetros de distancia.

Anhelo ver una iniciativa similar en nuestro entorno: un modelo de enseñanza de español para extranjeros con la vibra con la que lo vivimos en México. Después de todo, el idioma es una entidad agresiva y poderosa; su función trasciende la mera transmisión de mensajes para incidir en estructuras sociales profundas, pudiendo ayudar a combatir estigmas o esa sumisión cultural que ya resulta evidente en nuestro país.

Con ese objetivo en mente, si el Estado pretendiera revertir las precarias estadísticas de lectura —menos de un ejemplar anual por habitante—, debería sustentar sus campañas en la utilidad práctica del hábito lector. Casi cualquier persona intuye que leer es beneficioso, pero pocos logran articular en qué consiste ese provecho o cómo seleccionar una obra alineada con sus objetivos. En la práctica, el lector —impulsado por un deseo de superación— se limita a la oferta de su entorno inmediato y a su capacidad adquisitiva. En última instancia, la lectura se rige por los mismos vectores de mercado que cualquier otro bien de consumo: el rigor del modelo de las 4P, donde el Producto, Precio, la Plaza y la Promoción dictan el acceso a esta herramienta.


Texto publicado originalmente el 21 de Febrero de 2008. Versión editada.


Comentarios


bottom of page